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Mi Kabbala – Tishrei 7, 5785 – miércoles 9 octubre 2024.   

¿Arrepentimiento?

El Texto de Textos nos revela en Génesis 2:1, “fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó el Creador en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.Y bendijo el Creador al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”.

El concepto de Tikún (תיקון) se refiere a la corrección y a la reparación. En el ámbito divino, se relaciona con Jésed (חסד), que significa grandeza y bondad. Este término, aplicado a las Sefirót o emanaciones de nuestro Creador, nos invita a perdonar y a reiniciar nuestras relaciones dentro de nuevos ciclos de vida, enriqueciendo nuestras experiencias en lugar de distanciarnos. Es una transformación que nos aleja del deseo egoísta de recibir constantemente y, en su lugar, nos impulsa a dar y a compartir, reenfocando así nuestros atributos, características y expectativas hasta integrarnos con el Creador, como vasijas espirituales que, al recibir Su Luz, dejan atrás carencias, quejas y relaciones caóticas para acercarse y salir de su oscuridad mental.

La palabra hebrea teshuvá (תשובה) nos incita al arrepentimiento, es decir, a volver a Su lado. Esto implica tener presente la cuenta progresiva del tiempo terrenal y asumir cada nuevo amanecer como una oportunidad para agregar acciones correctivas a nuestro comportamiento consciente, dándole así un verdadero sentido a nuestra existencia. Nos invita a centrarnos menos en el tiempo lunar o solar y más en cada instante eterno, que como Presente nos llama a vivir en armonía con todo lo Creado.

El pecado original nos llevó a alejarnos de Él y a depender más de nuestros actos egoístas. Tal vez por ello, Jonás (יוֹנָה), cuyo nombre significa “paloma”, nos recuerda que nuestra función en este mundo como profetas no se limita a predecir el futuro, sino a corregir nuestra actitud humana frente a la vida, buscando aquello que le otorga a la existencia una razón de ser trascendente. Esto significa dejarnos guiar por Su Palabra y llevar ese ejemplo a nuestros entornos, con el propósito de buscar la salvación de todos. Esta analogía, aplicada tanto al arca de Noé como al Nuevo Testamento, explica la misión del Espíritu Santo.

Esto quiere decir que este paréntesis histórico que nos otorgó nuestro Salvador al humanarse nos llama a todos, como habitantes de estas tierras pecadoras de Nínive (נִינְוֵה), a dejar de preocuparnos por nuestros tiempos y sus estaciones, que se ajusten o no a nuestras expectativas mercantiles, y a ocuparnos de lo único que verdaderamente importa: nuestra redención, la cual se nos concede a diario como un presente, pero que seguimos despreciando sin entender que solo necesitamos amarnos como Él nos ama.

Quienes anhelan el arrebatamiento de Elías (Ēliyahū, אליהו), que se cree ocurrirá con el cumplimiento de los seis mil años de nuestra historia para dar paso al milenio —el séptimo día según las cuentas del Creador—, nos recuerdan que, en ese momento, nuestro arrepentimiento será tardío, ya que llegará el juicio final. Esto significa que nuestro calendario debe servir más que para calcular aspectos regulares de la naturaleza, las mareas o el ciclo menstrual de las mujeres y su capacidad de procrear; debe enfatizar un verdadero despertar, para no seguir desperdiciando las oportunidades de reencontrarnos con Él.

El Texto de Textos nos revela en II de Pedro 3:8, “mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

Oremos para que no perdamos las diarias oportunidades de amar más. 

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