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Mi Parashá – Génesis 1:24

El término תּוֹצֵ֨א (Totzé), “Produzca”, tiene su raíz en los signos lingüísticos יצא (Y-Tz-A), que significan “salir” o “producir”. Por lo tanto, la gematría de יצא, con un valor de 101, nos indica que es un acto de dar a luz, es decir, de manifestarse aquello que estaba oculto. Es una hermosa forma de entender que desde nuestro nacimiento debemos percibir todo como una revelación divina.

Incluso el concepto de בְּהֵמָ֥ה (Behémá), “ganado”, que para algunos representa a los animales domésticos, por su gematría del número 52, realmente nos proyecta esa conexión de estos animales con nuestras vidas, recordándonos que nuestro sustento proviene de la tierra, por lo cual somos tan solo mayordomos de la misma.

Como complemento, el término וָרֶ֛מֶשׂ (Va-rémes), “reptiles”, que proviene de la expresión רֶ֛מֶשׂ (rémes) con una gematría de 340, nos habla más que de las criaturas que se mueven o arrastran, de la necesidad de tener mucho cuidado con los aspectos más bajos de la vida en la tierra. Es necesario que cumplamos la voluntad divina וַיְהִי־כֵֽן (Va-yehí khen), en pro del cumplimiento de Su palabra y sus mandatos.

La vida, como tal, es Él. Por ende, hasta el polvo de la tierra representa vida en potencia, siendo necesaria la Palabra del Creador como mandato para que cada cosa se manifieste. Ese potencial oculto solo se realiza a través de la intervención divina, por lo que debemos buscar, gracias a Él, nuestro potencial interior, que se activa cuando nos dejamos tocar por Su Santo Espíritu.

La multiplicidad de formas en las que la energía divina se manifiesta nos reitera que en cada partícula está Su esencia y una expresión de esa única voluntad, y cada molécula cumple un propósito particular en el ecosistema de la creación. Esto implica que, como partes integrales del todo, cada célula de nuestro ser, al igual que nuestros pensamientos y acciones, se encuentran dentro de dicho plan.

Al balancear los diferentes aspectos de la vida, atendiendo lo elevado pero a la vez conviviendo con lo básico, asumimos el cumplimiento responsable del rol esencial en nuestra existencia. Por lo tanto, nuestras diferencias y particularidades no solo son aceptables, sino necesarias para el completo desarrollo de nuestro ser, siendo indispensable respetar y valorar cada forma de vida, entendiendo que todas ellas son manifestaciones de la energía divina en el mundo.

Invocar al Creador para que ilumine nuestro entendimiento a través de la oración es quizá la mejor forma de compenetrarnos con todos sus mensajes. Esta invocación no requiere de expresiones, rezos o ritos complejos, ni de usar uno de sus siete sagrados nombres: יהוה (YHVH), que representa la esencia eterna de Dios, “El que es, El que fue y El que será”, o אדני (Adonai), que significa “Señor” o “Mi Señor”, o אל (El), usado en contextos que destacan Su poder y fortaleza, o אלהים (Elohim), utilizado en la Biblia en plural pero que se refiere al único Creador, denotando Su majestad y omnipotencia, o שדי (El Shaddai), “Todopoderoso” o “El Omnipotente”, que refleja la protección y la suficiencia del Creador, o צבאות (Tzevaot), “Señor de los Ejércitos”, representándolo como comandante de los ejércitos celestiales, o יה (Yah), forma abreviada del Tetragrámaton, utilizada en cantos y expresiones de alabanza, como en “Hallelu-Yah” (Alabad a Yah).

En fin, aunque hay otros nombres y títulos utilizados para describirlo, como רפאל (Rofeh): “Sanador”, מגן (Magen): “Escudo”, צור (Tzur): “Roca”, מקום (Makom): “Lugar”, implicando que Dios es omnipresente, y מלך (Melech): “Rey”, lo ideal es acercarnos a Él humildemente, reconociendo en oración nuestros pecados y nuestros deseos de ser guiados por Él.

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