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Mi Parashá – Génesis 2:12

Si el oro (זָּהָב – Zahav) representa la perfección, la pureza y la luz divina, como símbolo de la sabiduría superior y del conocimiento espiritual, nos indica lo “bueno” (טוֹב – Tov) y todo lo que esa expresión sugiere, recordándonos los peligros de la riqueza material, que nos distrae de todo aquello que tiene un valor intrínseco superior, un bien espiritual.

Las riquezas generan apegos, egoísmos y envidias, y deben ser usadas por los creyentes en pro del bienestar general, donde también se encuentra lógicamente nuestro crecimiento integral individual. En este contexto, el término bedelio (בְּדֹּלַח – Bdolah), más allá de referirse a una sustancia resinosa, nos habla de la búsqueda de claridad mental en pro de priorizar la pureza espiritual, que contiene un gran valor espiritual, el cual debemos relacionar con la transparencia de nuestras acciones para encontrar la verdad en el camino espiritual.

Por su parte, el ónice (שֹּׁהַם – Shoham), como piedra, simboliza el fortalecimiento y la protección espiritual, ya que es una piedra que a menudo se usa para la construcción de cimientos, tanto en un sentido material como espiritual. Esta propuesta, gracias a la gematría y al valor numérico de 46, nos lleva al concepto de “lev” (לב – corazón), para que no permitamos que nuestras emociones nos gobiernen indebidamente, ya que ellas, como indicadores, deben denotarnos nuestra claridad y pureza.

El valor numérico 345, por su parte, nos lleva al concepto de “Moshe” (משה – Moisés), sugiriendo esa conexión con la ley y la necesidad de su revelación, mandatos que fueron dados a este patriarca y que nos ayudan a reconsiderar lo que calificamos como valioso para nuestras vidas. El oro, el bedelio y el ónice, mencionados como presentes en una tierra donde “el oro es bueno”, nos dirigen hacia una meditación sobre cómo estas riquezas materiales deben reflejar realmente valores espirituales.

La tierra que produce estos elementos preciosos debe ser vista metafóricamente como ese espacio interior nuestro, donde el oro es sabiduría, el bedelio es claridad y verdad, y el ónice es fuerza y fundamento, grandes tesoros espirituales que deben ser cultivados y descubiertos.

Se trata de mirar más allá de las apariencias materiales para encontrar la “buena” esencia de las cosas, aquella que nutre y fortalece el espíritu. Incluso la presencia del bedelio y el ónice junto al oro en esta tierra especial nos recuerda que nuestro viaje espiritual requiere pureza, claridad de propósito y cimientos fuertes sobre los cuales edificar nuestras vidas.

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