
Mi Parashá – Génesis 3:10
Regularmente, nuestras respuestas a los llamados del Creador han sido y siguen siendo conformes a nuestras limitaciones, lo que explica que nuestra relación con Él se mantenga en un clamor quejoso ante nuestra vulnerabilidad, que nos llena de temores. Es por ello que la palabra קֹלְךָ (Kolcha, Tu voz), con un valor gemátrico de 156, aunque está relacionada con la comunicación divina, también nos reitera que hemos perdido esa conexión profunda y que ahora estamos mediados por la dualidad de nuestras percepciones.
Él tiene claro que sigue conectado a nosotros, pero nosotros no solo dudamos de esta conexión, sino que además nuestra comunicación no logra interpretar todo lo que significa Su sabiduría, amor, misericordia, en fin, todo lo que nos ha otorgado. Quizá por ello el concepto יוסף (Yosef, José), que también tiene un valor de 156, nos da la idea de incremento y multiplicación.
El valor 156 de קֹלְךָ (Kolcha, Tu voz), al relacionarse con יוסף (Yosef, José), también puede interpretarse como un llamado al crecimiento y a la rectificación, similar a la historia de José, quien pasó de la adversidad a la grandeza a través del crecimiento espiritual y la reconciliación.
No es coincidencia que más adelante el texto bíblico utilizara este nombre para hablarnos también de nuestro redentor, quien llegaría al esclavizante Egipto de nuestras alucinaciones para rescatarnos de nuestras necesidades y unirnos como pueblo en medio de nuestra propia indiferencia hacia Él. Esta perspectiva también nos reitera que la voz del Creador, más que un sonido que vibra y hace fluir lo creado, es un vehículo para la multiplicación del conocimiento y la conciencia espiritual.
Desde esta mirada, la palabra para desnudo, עֵירֹם (Eirohm), con un valor de 320, que se relaciona con la noción de exposición total, tanto física como espiritual, nos proyecta la pérdida de la protección divina y la conciencia de la propia imperfección y vulnerabilidad, para que el concepto de אָנֹכִי (Anochi, Yo), con un valor de 81, nos lleve a identificarnos con Él y no con todo lo que, al nombrar, confunde nuestra propia identidad.
El ego que nos aleja de ese Yo, valor 81, se descompone en 8+1, y sugiere la unión de lo finito y lo infinito, indicando que incluso en su estado caído, el hombre sigue siendo una combinación de materia y espíritu, finitud e infinitud. Por lo tanto, atender las alucinaciones del ego no es lo coherente.
El Yo interior difiere del exterior con el que nos identificamos y que nos mantiene escondidos de Él וָאֵחָבֵא (Va’eichave) con un valor de 33, lo que quiere decir que nuestros corazones לִבּוֹת (Libot), que tiene un valor de 32, siguen emocionalmente alejados de su ritmo, de su vibración, de su guía, de su presencia divina.
No perdamos de vista el poderoso impacto del pecado en nuestra conciencia, tanto que nos llenó de temor y vergüenza, escondiéndonos del Creador. Sin embargo, dicha transgresión también nos llama a acercarnos incluso emocionalmente, para que estas sensaciones que nos indican nuestro estado interior nos llenen de paz y confianza, y así poder escuchar mejor Su palabra, la misma que nos llama a la corrección y al crecimiento.
Esto significa que nuestra vulnerabilidad es la que nos ofrece la posibilidad de reconexión, para lo cual debemos desnudar nuestra conciencia y exponerle nuestras fallas, así como la necesidad de su protección y guía divina para restaurar nuestra integridad espiritual. Seguir enfrentándonos a nuestros propios miedos y vulnerabilidades sin Él es absurdo, siendo vital nuestro arrepentimiento y la introspección a través de la oración para nuestra redención y reintegración con lo divino.



