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Mi Parashá – Génesis 3:13

Luego de confrontar a Adán, el Creador lo hace con Eva, intentando que ella reflexionara sobre lo que había hecho. Sin embargo, al igual que Adán, la respuesta de Eva es evadir su responsabilidad, culpando a la serpiente y manteniéndose dentro de un patrón actitudinal que aún hoy nos sofoca: el de inculpar a otros por lo que realmente es nuestra responsabilidad personal.

Estas transferencias de culpa nos llaman a asumir un reconocimiento del poder que tiene el ego, la ilusión y, por ende, el engaño dentro de nuestras realidades cotidianas. La serpiente, si se quiere mantener ese simbolismo, representa el hablar, pensar y actuar inconscientemente, guiados por impulsos mundanos que incluso van en contra de nuestros verdaderos propósitos y nuestra esencia divina.

Fuerzas del mal que forman parte del mundo de la acción, un mundo contraído donde prima la separación y la distorsión de la misma realidad, son insumos fundamentales para que podamos conocernos y reconocernos, aprendiendo a maniobrar nuestro libre albedrío, que debe permitirnos tomar la decisión de acercarnos a la sabiduría divina en vez de llenarnos de conocimiento terrenal, finito y limitado.

Nuestras mujeres, אִשָּׁה (Ishá), con un valor gemátrico de 310, cuentan con ese fundamento, la sefirá Yesod, para que esa caída que indicó nuestro debilitamiento de la conexión entre lo humano y lo divino pueda reestablecerse. El dar a luz es una de las formas principales de lograrlo. Quizá por ello, la serpiente הַנָּחָשׁ (Ha-Najásh), como símbolo del mundo de la ilusión, del ego y del engaño, con un valor gemátrico de 358, sigue confundiéndonos para que sea el Mesías, Mashíaj, término que tiene el mismo valor, quien nos ayude en el restablecimiento de la relación.

Todo nos vincula con Él, sin embargo, cada quien decide si continúa dentro de las intrigas de la voz de la serpiente, que puede ser nuestra propia voz inconsciente que lucha internamente con sus conocimientos del bien o del mal, o si se aleja de esos engaños para confiar en la voz del Mesías, el redentor, quien se hizo humano para cumplir con esa misión divina.

El proceso de redención nos llama a superar todos esos engaños que nos sofocan y nos llenan de alucinaciones y expectativas que, como fuerzas del ego con sus deseos, quieren dominarnos, desviándonos de nuestro propósito espiritual. Quizá por ello, dejar que esas ilusiones nublen nuestro juicio solo nos lleva a actuar de formas contrarias a nuestra verdadera esencia.

Es imposible negar el poder del ego y del mundo del engaño, pero también es crucial reconocer que, al caer en dichas trampas, hay una mano pronta a rescatarnos, para que dejemos de culpar a las circunstancias externas o a otras personas y, en su lugar, nos confrontemos con nuestras propias decisiones y acciones, confiando así plenamente en Él como guía.

El proceso de tikkun (rectificación), para los creyentes, está ligado a la fe en la salvación, la cual, gracias a su amor, nos permite corregir nuestros errores y restablecer nuestra conexión con la fuente divina, reconociendo honestamente nuestras faltas y asumiendo la voluntad de aceptar la responsabilidad de nuestras acciones. Esta autoevaluación sincera nos desafía a reconocer cuándo estamos siendo engañados por nuestras propias ilusiones o deseos y a buscar la verdad que nos guíe de regreso al camino del Creador.

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