
Mi Parashá – Génesis 3:18
Quienes intentan darle a la cronología divina de la narración de nuestra creación un orden similar a los tiempos terrenales secuenciales, que tienen un principio y un fin, obvian que esta no sigue estrictamente ese orden lineal, ya que su estructura compleja y multifacética se enfoca más en temas, símbolos y enseñanzas espirituales que trascienden nuestras lecturas temporales terrenales.
La eternidad es atemporal; por ende, aunque la narración comienza con la creación del mundo y luego avanza a través de la historia de la humanidad, desde Adán y Eva hasta los patriarcas como Abraham, Isaac y Jacob, el enfoque no es simplemente contar una cronología de eventos, sino presentar principios espirituales, morales y teológicos.
En sus versículos, el texto repite y expande historias desde diferentes ángulos, lo cual sugiere un enfoque en el significado teológico y espiritual de los eventos, más que en un relato cronológico estricto. Desde esa mirada, ese relato utiliza el tiempo y algunos eventos dentro de él para guiarnos, comunicándonos nuestros inicios, pero sobre todo nuestro final.
Es por ello que, a medida que se refleja la transformación de nuestros entornos, debemos asumir que es el pecado original, con sus “espinos y cardos”, el responsable incluso de nuestros obstáculos y dificultades, mas no el Creador. Sin embargo, a pesar de nuestro alejamiento y dureza, Él nos otorga su misericordia para apoyarnos en nuestros desafíos terrenales.
Nos advierte que nuestros dilemas internos son mayores que los problemas externos, que tanto magnificamos y por los que le rogamos que desaparezcan, cuando en realidad son creaciones alucinantes nuestras. Aun así, Él, quien nos dio variedad de frutos en este mundo, nos reitera que al “comer hierba del campo” somos nosotros los que degradamos nuestro sustento.
Él nos lo dio todo y sigue recomendándonos lo que es útil y sano, pero seguimos alejándonos de Él al punto de retroalimentarnos incluso de lo que nos prohíbe. Por lo tanto, Él nos recuerda eternamente la necesidad de esforzarnos más por aquello que nutre nuestras vidas.
La palabra “קוֹץ” (kotz, “espino”) por su valor numérico de 196 (Kuf = 100, Vav = 6, Tzadi = 90), en contraposición a “דַּרְדַּר” (dardar, “cardo”), con un valor de 408 (Dalet = 4, Resh = 200, Dalet = 4, Resh = 200), nos reitera que la desobediencia acarrea dolor y, por ende, juicio severo, aunque siempre se nos otorga su misericordia.
La repetición de la letra “ר” (Resh) en “דַּרְדַּר” enfatiza la dificultad y el desafío que como seres humanos debemos enfrentar en los entornos terrenales a los cuales también pertenecemos como polvo. Por lo tanto, todas las pruebas, por continuas que nos parezcan, forman parte de esos ciclos de crecimiento, donde la dificultad depende de nuestro deseo de esforzarnos, de nuestra voluntad de superarnos y de la meta de crecimiento espiritual y corrección que nos propongamos.
Y aunque la vida está llena de esos desafíos que coloreamos de dificultades, “espinos y cardos”, estos no son castigos, sino oportunidades para aprender y crecer. Por lo tanto, la lucha interior por superar estos desafíos es parte del proceso de corrección (Tikkun), el cual nos invita a transformar nuestras experiencias dolorosas en lecciones de vida que nos lleven a un mayor entendimiento y armonía con la creación.
El llamado a “comer hierba del campo” debe interpretarse como una invitación a buscar sustento no solo en lo material, sino también en lo espiritual, reconociendo que el esfuerzo y el trabajo duro son necesarios para lograr una vida plena y significativa. Por lo tanto, seguir enfrentando nuestras dificultades como víctimas solo nos quita la posibilidad de ser catalizadores de nuestro crecimiento espiritual.



