
Mi Parashá – Génesis 3:8
En nuestras mentes, como espacio contraído de nuestro universo temporal, se escucha la vibración, cual eco de varios sonidos, que, partiendo de la voz del Creador, generaron, al desobedecer, ruidos, los mismos que confundimos incluso con el sonido emisor de nuestra conciencia. Por ello, como Adán y Eva, no sabemos si escuchamos la voz del Creador desde el Jardín del Edén, o si, por el contrario, nuestra inconsciencia nos sigue lanzando ruidos ensordecedores y distractores.
La conciencia divina lógicamente todavía está presente y accesible en nosotros; sin embargo, no queremos atender su voz, aduciendo que nos da temor, cuando son los ecos de nuestras transgresiones los que dominan la oscuridad de nuestras mentes. La palabra קוֹל (Kol, Voz), con un valor gemátrico de 136, sugiere una conexión directa con la expresión סולם (Sulam, Escalera), para indicarnos que tenemos la oportunidad de una reconexión espiritual, tal como el patriarca Jacob lo describió al soñar con una escalera que conecta el cielo y la tierra.
El tetragramatón que da inicio a toda esta narración divina, y que malentendemos como el nombre יְהוָה (Yahvé), impronunciable de nuestro Creador, tiene un valor de 26, para recordarnos que su misericordia es infinita y que, por ende, aun estando de espaldas a Él, se encuentra en todas partes, incluso en esos momentos de juicio en donde nos confrontamos sobre nuestras propias decisiones.
Él nos formó y sabe de nuestras debilidades, así que como אֱלֹהִים (Elohim), valor de 86, esa justicia nos aporta para que podamos armonizar la multiplicidad de fuerzas que nos sofocan y que hacen que esa dualidad nos esclavice y domine. Por ende, su misericordia y justicia están presentes a través del amor, ese que se convierte en un vínculo perfecto para acercarnos entre nosotros y con Él.
Él es nuestro Árbol de la Vida, עֵץ (Etz, Árbol), por lo que esa dualidad es, a la vez, una posibilidad de discernimiento y crecimiento. El contexto de juicio ya no es un espacio para condenarnos, sino para crecer conscientemente en la coordinación de nuestra voluntad. Por ello, en vez de escondernos, Él espera que logremos, al estar de espaldas, una mayor introspección y, por ende, nuevas elecciones.
Debemos volver al jardín בַּגָּן (Bagan), valor 56, para reconectarnos חָנָה (Chanah, Acampar o Residir) con Él en esa morada celestial en donde Él reside, pudiendo experimentar nuevamente su voz קוֹל (Kol, Voz), que nos guía a través de su Santo Espíritu para ascender espiritualmente después de la transgresión.
Es una poderosa imagen que debemos preservar en nuestras mentes sobre lo que significa esa relación entre la humanidad y el Creador y que no cambió con nuestra caída. Por el contrario, a pesar de la transgresión, Su palabra continúa resonando en nosotros, manteniendo un hilo conductor con Él, por lo que la reacción instintiva de Adán y Eva de esconderse solo refleja que su conciencia sigue presente y accesible.
Al escuchar esa voz interna y reconectarnos con la fuente divina a través de la introspección y la corrección (Tikun), hallamos esa reconexión necesaria para nuestro crecimiento espiritual, arrepentimiento que se convierte a la vez en un medio para volver a alinearnos con lo divino, quien nos llama a regresar al camino de la rectitud, recordándonos que, aunque nos escondamos, la presencia divina está siempre cerca, esperando que demos el primer paso hacia la reconciliación.



