
Mi Kabbala – Av 20 – lunes 26 de agosto del 2024.
¿Nombres?
El Texto de Textos nos revela en Isaías 7:14, “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”.
Todos tenemos un nombre “שֵׁם” (shem) y, aunque en la mayoría de los casos este ha sido dado por nuestros padres u otros familiares, algunos creyentes sostienen que son los ángeles quienes intervienen en ese proceso, buscando que nuestros nombres sean de alabanza, un recordatorio de la existencia del Creador a quien pertenecemos. Así, estos nombres se convierten en una especie de mini-plegarias hebreas para que, al identificarnos con esas denominaciones, entendamos el mensaje implícito que contiene la invitación permanente de sabernos sus hijos, parte de la Creación.
Esta perspectiva es más fácil de comprender al analizar la traducción etimológica de algunos nombres que derivan del antiguo hebreo y, por ende, denotan más esa visión divina. Miguel es Mikhael (Mi מי + Ka-El כאל: “¿Quién es como el Creador?”); Gabriel es Gavriel (Gavar גבר + El אל: “El Creador es poderoso”); Elizabeth es Elisheva (Eli אלי + Sheva שבע: “Comprometida con mi Creador”); Zacarías es Zekhariah (Zechar זכר + Ya יה: “El Señor ha recordado”); Juan es Yokhanan (Yah יו + Hanan חנן: “El Señor es misericordioso”); y José es Yosef (Yo יו + Sef סף: “El Señor aumentará”), solo por citar algunos ejemplos.
Estos nombres denotan nuestra necesidad de mantener una relación permanente con nuestro Creador, invocando a través de ellos su protección y guía. Esta costumbre, que proviene de los creyentes del antiguo Israel, aún hoy nos invita a llamar a nuestros hijos con expresiones que incluyan atributos de nuestro Creador: YHWH יהוה o El אל, ya que, gracias a esta buena costumbre, estamos cumpliendo con ese propósito celestial de integrarnos a Él a través de Su obra, irradiando Su luz y Su palabra con solo el hecho de que alguien piense en nosotros a través de nuestro nombre.
En el caso de nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo, su padre José fue visitado por un ángel que le prometió un futuro milagroso: su prometida, María, aunque todavía virgen, pronto concebiría y daría a luz un hijo que crecería para ser el Mesías. El niño se llamaría Jesús, pero, de acuerdo con la profecía, llevaría un segundo nombre: Emanuel. El nombre Emanuel aparece por primera vez en las palabras del profeta Isaías, quien vivió siete siglos antes de Jesús y predijo que el futuro Mesías nacería de una virgen y que su nombre sería Imanu-El עִמָּנוּ אֵל, que en hebreo significa “Él está con nosotros”.
Emanuel, como nombre sacrosanto, reúne las cualidades de sagrado y santo, y aunque esta denominación no se promulgó más para no enfrentar a las autoridades judías, que no toleraron verle como el Mesías “מָשִׁיחַ” (Mashíaj), ungido, y dimensionándolo simplemente como Cristo, es claro que el Creador se humanó y nos dejó las señales de que ese nombre sagrado e impronunciable nos incita, a través de nuestras vivencias, a comprender que debemos buscar el profundo significado de nuestras vidas a través de un solo nombre: el del Creador, que como padre amoroso quiere que, a través de nuestras oraciones, nos comuniquemos con Él sin necesidad de llamarlo por un nombre específico.
El Texto de Textos nos revela en Apocalipsis 3:5, “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles”.
Oremos para que el Creador abra nuestros ojos para aumentar nuestra fe.



